Canta distante un saxofón,
toca dulce una canción que no distingo pero me hace sentir en otro tiempo.
Un perro aúlla allá más lejos

si pongo atención, los veo
afuera, y puedo sentir la calle gris en su aire,
su luz, su tierra

llorando un bostezo ambos
la ciudad murmura en todavías su blanco estruendo de muerte y guerra

de pronto, otro instrumento
¿acaso cuerdas? que desconozco
porque no sé tanto de música como quisiera

ni de otras cosas como los perros
las rutas de esta ciudad
mucho menos sé cómo curar la tristeza

Se alejan lento e irisa un humo cuyo fulgor persiste
cuyo fragor perfuma casi imperceptible
el silencio

xalapa

Me despertaron los gritos.
Traspados sueño, pesadilla
y en mi realidad la vigilia.

El trino de un pájaro,
que nunca fue gallo;
las chachalacas, una plegaria
¿o más bien su llanto?

Yo también pido, aves,
en la mañana un poco de agua.

Entran las manchas de un sol de neblina por los espacios que dibuja un árbol;
cantan un río las cigarras
porque hace calor, dice mi madre.

Gotea el balcón desde arriba
un chorro que cae como si hubiera llovido,
pero no todavía,
y un golpeteo que gota a gota termina.

Por la ventana una avispa;
la tarde brilla verde
y azul en las hojas, las ramas
y allá lejos lejos las montañas

casi verano y las luciérnagas
acaso anuncian mi cumpleaños

sirena

El no final del mar se funde mercurio con el no final del aire y
corta con un hilo el cuerpo del faro como si fuera plastilina.

Enceguece blanco un sueño y la noche se alumbra en un haz de plata, espejo.
La vista sólo descansa en vertical:
hacia la torre o en su caída
allá abajo, la tierra termina.

La marea revienta y arrastra vela y arrastra fuego,
pero no hay luna, no hay faro;
la luz es eco de sí misma, tañido.

Empaña la noche una resonancia que dejó el día y tiñe de leche el cielo.
Fosforece glaseado el mar contra la cumbre, el agua escarcha nerviosa y desaparece luego.

Sopla envolvente el viento, algún canto prehistórico que me devuelve
fulgurante espuma, iriso
y ennochezco en vista muero
allá lejos me callo
faro
y quedo

abril, en efecto

1

¿Qué haces ahí?

Nada. Estoy viendo.

¿Qué cosa?

Afuera.

El pasillo no cuenta como afuera.

Unos segundos antes de la respuesta. El cuerpo delgado, “compacto”, como él llegó a decir más de una vez en más de un contexto, agazapado contra la puerta de entrada; las manos de ella ocultan su nariz y los ojos como si la mirilla fuera un periscopio. Los pies en sus puntas, calcetines más polvo que blancos. Él entra al cuarto, como si buscara algo: la mirada dibuja veloz el contorno de cada objeto cercano al suelo en aquel espacio hasta que toca unas cajas; se agacha e incorpora con una en los brazos: veinticuatro botellas de Coca- Cola sin azúcar.

Sí, cuando algo pasa.

¿Qué fue? Rompe el plástico del empaque con fuerza y sin hacer ruido.

Los vecinos dejaron afuera sus zapatos.

Silencio, sacando dos luego tres botellas.

Me pregunto si deberíamos hacer lo mismo.

Cuatro botellas.

Parecen fantasmas.

Ojalá eso fueran.

Ella voltea. Regresa. Se detiene frente a un espejo y sin mirarse acomoda su cabello tras las orejas. Él, de espaldas, da cinco pasos amplios a la cocina. Cuatro botellas en el refrigerador. La caja de veinte refrescos abierta sobre la mesa.

¿Deberíamos sacar los nuestros?

¿Los zapatos? No. No es necesario. Otra botella. Los usamos para salir, en caso de que lo hagamos, los dejamos en el pasillo, y ahí está el desinfectante. Ella cruza los brazos y no responde. Dos botellas más, una en el refri y otra en el congelador. Ambos regresan. Voy a comer en el estudio, ¿está bien?, tengo trabajo.

Sí. ¿Quieres que prepare algo?

No, me voy a calentar la pizza que quedó.

Él se va. Gracias, grita desde lejos. Ella no se ha movido; voltea hacia la puerta de entrada, la ve, y camina a la cocina, más de cinco pasos, abre el refrigerador y saca el tupper que guarda la pizza y otro cuyo interior podría ser tanto sopa como salsa, acaso un guiso; mete otra Coca al congelador y prende la estufa.

2

Está acostada. Una cama que parece amplia pero no lo es, sino una ilusión óptica causada por el color de las sábanas y las paredes de la habitación. Cabeza, cuello y espalda descansan contra una almohada llena; la otra, plana en el lugar desocupado, como profundamente dormida. El mar de John Banville entre sus dedos. Las páginas como la arena áspera y el rumor de la ciudad como el aire que exhala un caracol cuando uno lo pone contra su oreja. El susurro blanco de los autos deslizándose, olas que vienen y van, sólo se hace presente cuando deja de escucharse. Cierras la ventana a cierta hora porque comienza a hacer frío; el riel sobre el que corre el vidrio, como otro camino y otro automóvil que transita de noche sobre aquella ciudad vacía: el mismo sonido de afuera y luego el silencio absoluto y contenido de adentro. O no. Se escucha un tecleo. Ta-ca-ta-ca-ta-cta-cta-cac-tac-taca-tac. La luz horizontal bajo una puerta, encendida en otro cuarto. Y el pasillo. Permanece frente a la ventana el instante necesario como para percatarse del silencio, así como de aquel ruido lejano de ese allá otro afuera que siempre estuvo adentro, y entonces vuelve a la cama. Sigue leyendo.

Como si se secara una lágrima acaricia su cara (¿está llorando?), los ojos acristalados por la luz ambarina de la lámpara en el buró, un separador entre las páginas y cierra el libro. El tecleo, el tecleo, el tecleo. Taca-tac-tactacatactaca-paga la luz y al poco se duerme. La almohada vacía. El cuerpo de ella se vuelve un bulto, lejano. La luz entra por la ventana e  ilumina plateada la habitación con cada automóvil que pasa y luego rojo y azul y rojo y azul y rojo y azul.

3

¿Por qué te maquillas?

No estoy segura. Tal vez trato de mantener la rutina o algo parecido, como para no volverme loca.

¿Por qué te empeñas en forzar la rutina en cada cosa?

Silencio.

Perdón.

Pone su mano en el hombro sin mirarla y aprieta suave.

No pasa nada.

En serio. Tengo mucho trabajo y me empieza a afectar el encierro. Creo que tengo claustrofobia.

Te dije. ¿Quieres que te preste mis pinturas?

Un chiste. Ella sonríe.

El espejo enmarca su cara y parte del torso, está sentada, el margen acaricia horizontal el final de las costillas y el principio de su cráneo. Él, vestido de negro y de pie ahí detrás, casi se pierde entre la media luz reflejada de la habitación, pintada con sepias y cafés, como la habitación de algún hotel, ¿acaso Nueva York? ¿Guanajuato? Pero él no se ríe, quita la mano del hombro; un aliento fresco, en cuanto la levanta.

Por primera vez me alivia la idea de ir al supermercado.

Sale por la puerta.

La cara de ella se contempla a sí misma, se atraviesa y se pierde en la penumbra marrón del cuarto. Continúa. Las mejillas se sonrosan coral: un pincel redondo como diente de león, el polvo rosado que lleva el nombre de cualquier otra cosa menos sí mismo estalla contra la piel. Un crayón malva tiñe sutilmente los labios. Su mirada se enfoca, negra, en cada pestaña, al cepillarlas, tiesas hacia arriba: como bailarinas en un escenario, sincronizadas y extendidas para el agradecimiento final. Aplausos y flores. Enrosca la tapa. Se examina.

El final de sus costillas, los pezones, los lunares de sus brazos y los hombros fríos. Más arriba, más en medio, el mentón y la nariz, dos fosas, cerca, una protuberancia, más cerca, cien, mil puntos negros, mejor de lejos. Los ojos cafés, y las pestañas erguidas, las separa con sus dedos, una, dos bailarinas. La punta del cráneo partido a la mitad por su cabello. Abajo el cuello y las clavículas, sus lunares, brazos y manos. Guarda el rímel en un cajón, rodea con los dedos sus orejas para reiterar el peinado y sale de aquel cuadro.

4

Las cortinas metálicas del almacén, listas como guillotinas, dos filas de personas, cada una de ellas separada un metro de distancia indicado por los círculos del suelo. Como militarizadas, las medidas que uno esperaría de una guerra, acaso lo es, este “orden” lo asemeja. El miedo como síntoma del fin, que ya ni siquiera la erupción de un volcán o un tornado causa tanto alboroto; el futuro apocalíptico en un supermercado, esto no es ningún futuro, y qué tiene de sensato, todo lo contrario; lo razonable sería acabar con esto, qué ganas de saquear, y cuánto falta para que llegue ese momento, incendiarlo todo, yo sí lo har

Para la tarjeta al fondo

Cómo

La membresía

Señor

A la derecha

Pase

Gracias

El carrito del súper siempre pesa más de lo que uno se imagina es más grande más incómodo de lo que debería ser, unas barritas, noventa calorías, sí y éstas, al-men-dra-y-cho-co-la, sí, dos cajas. Enlatados. Para sobrellevar el fin del mundo, como si esto lo fuera. Qué anticlimático final, pero ¿y si sí? La crema, que no se me olvide la crema. Cacahuates, de los que pican y con sal, pero si me depositan antes del miércoles entonces voy a tener exacto para pagar la tarjeta el cinco pero ya pagué febrero, Coca-Cola sin azúcar, veinticuatro latas, no botellas; falta el gel antibacterial y más desinfectante, ¿todavía hay? En el estante de allá, gracias, ¿guantes? Aquí están. Oiga, la crem gracias, no, oiga. ¿Qué? La crema. No. Perdón, sí, gracias. El papel de baño ¿más, de cuántos? ¿Qué? Treinta y dos rollos, si-tu-pa-pel-hi-gié-ni-co-ha-bla-ra-por-ti-qué-di-ría, qué clase de publicidad es ésta, cómo se les ocurre, quién va a querer que su papel de baño hable, y de qué va hablar, de mi ano, qué imbéci lesperdón señora disculpe no no la vi perdón, com per miso hágase para allá no, disculpe, perdón sólo quería es que está hágase para allá estorbando las perdone oiga latas enlatados las latas. ¿Ya no hay atún?

El estacionamiento. Cajas, bolsas, cajas.

Disculpe, ¿le ayudo?

¡No me toque!

Per

-dón, qué les pasa a todas hoy, si todavía tenían suficientes tampones por el amor de dios, que no vayan a acabarse, como si éstos absorbieran la locura, ya, ya, ya sé que las hormonas no son una enfermedad, pero ojalá lo fueran; una pandemia hormonal, un tsunami de sangre. Se sube al auto. El anhelo ridículo que mantenemos todos gracias a las películas, como si morir aplastado por la huella gigante de un monstruo marítimo o prehistórico fuera mejor que asfixiado por la propia falta de aire, los pulmones desechos por una gripa, ¿una gripa? Esta plaga no sirve ni para una buena película, ciencia y ficción para niños; a estas alturas, Beakman debería estar ya en el noticiero, qué absurdo.

5

El cielo despejado. Las pocas nubes esparcidas como por un pincel inadecuado; se pintan con esponja, no con pincel, porque entonces se ven falsas: éstas son nubes de adulto, no de niño, y así como un niño, mantengo la esperanza de notar algo volando entre ellas, aprovechando el azul, nadie está viendo, una formación de luces, una sombra, tal vez si sacara el celular, algo que le diera sentido a todo esto, y qué se necesitaría, si no un apocalipsis para contactar con el espacio, una pandemia, entonces qué. Algo, algo, pero no, casi vacío, como las calles, los parques. Por fin se aprecia el verdadero tamaño de las avenidas, siempre congestionadas. Y el silencio. La ciudad suena distinta, casi rural. Siento mi respiración entrar y salir más tersa, así como se maneja el carro sin tantos más, sin límite de velocidad, ¿acaso podría…? No. Luz roja; los semáforos funcionan normalmente. La histeria parece bajo control; unas cuantas personas afuera, los rostros cubiertos a la mitad por un trozo de tela, palabras amordazadas; otros, con caretas de acrílico, como para replicar el encierro, la ventana, como si el sentirnos testigos y no protagonistas nos salvara. Algo de la idea de apocalipsis que te hace sentir poderoso, intocable, sólo por no haber muerto. Todavía. Y yo, en el carro, otra ventana que me protege, una capa más de adentro.

Aparece un hombre de piel morena, sonrosada y brillante. Una moneda, una moneda, una moneda. Los ojos cristalinos, amarillentos e inyectados en sangre notan el auto; se acerca lentamente. Su camiseta raída y sucia, una botella sin etiqueta y un trapo bajo el músculo curtido, cojea como si sólo uno de sus zapatos tuviera tacón; las mejillas despellejadas, carcomidas en manchas blancas y rojizas; los dientes aparecen color latón después de haber tosido. El dedo adentro se mueve rápido como un metrónomo, de un lado a otro: No, no, no, no, gra—. Un chisguete de agua blanca contra el vidrio. El parabrisas se llena de espuma, y el cuerpo afuera tose de nuevo. Ay, no. Una moneda de diez pesos reluce ahí debajo del volante. No, ¿o sí? Los cubre bocas en la cajuela, los guantes también. El círculo de cobre más y más radiante; la mitad del vidrio ya está limpia. Se sabe que el contagio es a través de la saliva, no la piel, y la necesita más que yo; pero, sí, no, no puedo no. Se abre la ventana lo suficiente como para que se asomen los dos dedos y entre ellos el dinero. El hombre se limpia la boca con el dorso de su puño y acepta la moneda. Gracias. Los dedos tocan la palma ajena, callosa y oscurecida en grasa negra. El semáforo ha cambiado a verde. No pasó nada, no pasa nada, él la necesitaba, no pasa nada. El cielo despejado, y nada. Sube el volumen del estéreo; el coche avanza.

6

Irene y yo bajamos al jardín, como esperando que algo ocurriera. Que hubiera algún vecino que no conociéramos, acaso uno guapo. De preferencia uno guapo, siempre, por favor, uno guapo; por lo menos poquito, dijo ella. Pero nunca los hay. Nunca. Nunca. ¿Qué? Nada. Que nunca hay guapos. La realidad jamás superará mi imaginación, y ya lo sé. Además, ya vi a los vecinos. ¿Y qué? Que no hay ningún guapo. ¿Ves? Te dije. Destendí o tendí, ¿cómo se dice? Una sábana que ya no usábamos, ¿viste que mi mamá la quemó aquí y aquí con sus cigarros? Ajá, pero igual te va a regañar si se entera. Sí, pero no le digas; esto, todo, se tiene que quedar aquí afuera. De todas maneras cuenta. Pero por favor no le digas. Por favor. Las dos miradas y unas risas. Cuatro pares de brazos cargando diferentes paquetes. Ella se acomodó más lejos, se dice extendió el tapete de yoga ahí debajo. Casi casi midiéndote para que quede justo en el ancho de lo que miden tus piernas, ¿verdad? ¿Te ayudo? No, estoy bien. La tela se detiene en el aire unos instantes: los suficientes como para hacer de aquel un momento bello. Me voy a poner aquí, abajo de este árbol. ¿Ya sientes algo? Cómo crees, me lo comí hace menos de veinte minutos. ¿O cuánto fue? No vi. Me hubieras dicho. No, todo bien, relájate, ni que hubieras comido también. Bueno, ya; voy a ponerme a hacer eso. Sí, y yo los audífonos, pero te aviso si siento algo, hasta ahora, sólo frío. Es que sí hace, y yo creo que al rato va a llover. ¡Nos metemos hasta que llueva, por favor! Quiero sentirlo todo, ¿sí? y lo voy a aprovechar bien, tú te puedes meter si quieres. Te digo. Sí. Y yo a ti. Sí. Oye, tal vez ya siento cosquillas, ¿en serio? Sí, pero puede que sean sólo del viento. Te dije que hacía frío. Oye, ¿viste cómo nos vio el viejo de enfrente? Sí, sí vi. Me da risa. ¿Qué? Pensar en él llegando a su casa ahorita, entrar por la puerta y saludar a su esposa igual. ¿Cómo? No sé, ¿crees que se vaya a tocar pensando en nosotras? No digas eso. Perdón, pero es obvio. ¿Qué cosa? Nada, pues, con sus lentes, y su bigote, ¿qué? Pues que es un puerco y que no sabe cómo comportarse frente a dos señoritas. Ni siquiera somos señoritas. Jóvenes, entonces. Según tú. Una, dos, cien repeticiones. Dos series. Cuatro. Oye, imagínate que viéramos ahorita un ovni. Me gustaría. Cinco, seis. El libro contra la cara. Los shorts hasta incomodar en donde se juntan las nalgas. No te saques el calzón así. Nadie nos está viendo. Las hojas se caen, todas y una a una, imposibles de dibujarse, imposibles de ser atrapadas en el aire. A ver. ¿Viste? Casi todas. ¿Y para qué? ¿O las vas a guardar? Sí, aquí adentro del libro. La temperatura empieza a bajar. Te dije que iba a llover. Pero todavía no. ¿Ya sentiste algo? Ahorita te digo. Va a llover. Está bien. Es que yo ya acabé. Tú sube, quiero estar un ratito más. ¿Me cuentas? Sí, veme desde arriba. Bueno. ¿Te llevas, sí. La tela sobre el suelo, y el cuerpo corto ahí tendido también; el libro en la cara, la lluvia empieza una gota cinco y cien. La tela se dobla sobre sí misma y gotas una fría mil gotas más espérame te dije ya voy espérame el elevador ¿sentiste algo? Ya estaba, casi. Las puer

Hola, niñas.

Hola.

Cajas de cartón y bolsas de plástico en el suelo. El dedo en el botón.

¿Suben?

Las puertas tensas, así como el momento antes de la respuesta, la decisión: Creo que no, pero gracias. Los tres sonríen sin mostrar los dientes; él se despide con la otra mano, suelta el botón y las puertas se cierran. Ven, mejor por las escaleras.

7

La puerta de entrada se abre y rompe abruptamente el silencio del departamento, la iluminación se afecta hasta que vuelve a cerrar. Hola, el sonido del plástico, ¿cómo te fue? Plástico plástico ya vine cajas zapatos bolsas hola ¿te ayudo? ¿Qué? ¿El desinfectante? Aquí bolsas no te oigo los zapatos te ayudo? Los zapatos ¿qué por favor quítate los zapatos quítate me vas a tirar bolsas bolsas te ayudo no yo lo hago. Perdón perdón qué¿? Yo puedo. El desinfectante ya sé tiras los guantes sí por favor es que no te oigo sí bolsas yo l

Ya. Oye, ya todos traen cubre bocas y guantes allá afuera. Tuve que comprar dos cajas. ¿Qué me decías?

Que si te ayudaba.

Ya lo hice.

¿Te lavaste las manos?

Sí.

Pensé que volverías antes.

Sí, es que

Me hubie    aproveché la salida para ir más lejos.

                    -ras dicho que querías pasear, así hubiera ido contigo.

Perdón, no

Está bien   -pensé.

Está bien.

Ahorita guardo las cosas.

¿Compraste la crema que te pedí?

La espalda oscura: los hombros se contraen.

Está bien, la próxima semana.

Perdón.

Sí.

8

La penumbra de un atardecer que ha caído anaranja el cuarto; ella está sentada en la esquina de un sillón afelpado y gris; sus ojos fijos hacia enfrente, las dos bolas blancas reciben y devuelven los colores epilépticos de la televisión; sus dos brazos se cruzan sobre el ombligo. La puerta abierta ilumina el suelo en un rectángulo alargado que se borra cuando la oscuridad de un cuerpo aparece bloqueándolo, y él asoma su cabeza.

¿Estás viendo las noticias?

Ella no lo mira y no contesta.

¿Qué dicen?

Nada

¿Cómo, nada?

Suspiro. Más de diez mil muertes y al menos un mes más de aislamiento.

Él se sienta en el otro extremo del sillón. Ella voltea un segundo, lo mira de arriba hacia abajo y apunta su nariz de nuevo a la pantalla.

¿Otro?

Ya te había dicho.

Sí, pero ¿sin salir?

Así es.

Silencio, más que el sonido de una voz como de insecto que arrastra números. Él alarga su brazo hacia ella como un perro bien entrenado que pide comida; la mano cae sin peso sobre el sillón en el espacio que ninguno de los dos ocupó y espera prudente, pero no hay comida.

Me voy a bañar.

Termina la frase mientras se levanta, y sale del cuarto sin voltear. Él la sigue con la mirada hasta que el rectángulo alargado desaparece y vuelve a aparecer en un instante.

9

Su silueta atraviesa un nuevo espejo que refleja una pared más clara de un cuarto más pequeño; los mosaicos relucen alrededor. Se desviste: una pierna liberada, luego la otra; como si se tratara de la envoltura de un dulce, se deshace de esa blusa blanca que normalmente no usaría. Queda la ropa como un chicle masticado sobre la alfombrilla beige que usa la taza del baño: su propia ropa. Dos pasos desnuda hacia la regadera; se quita el calzón y lo cuelga de un ganchito junto al jabón. La espalda; un omóplato se mueve, placa tectónica que prolonga el brazo y gira­ la llave de agua más cercana, siempre la derecha; aparece su axila y ahí debajo el perfil de un seno, triángulo que cuelga­, el pezón roza la cortina, gélida; con su otra mano lo envuelve, como una madre que consuela a un niño que no es suyo, también fría. De pronto un bramido de cobre y la tormenta. El vapor comienza fantasmagórico a nublar el espejo y a sudar en las paredes.

Entra a la regadera, las gotas reposan sobre el cuerpo y se funden en la piel barnizada. Entierra los dedos en su cabello, oscurecido como hilos de chapopote, el shampoo primero y un masaje; la espuma cae en flores de invierno, escarcha, y se deshace a sus pies. La otra botella, casi idéntica a la primera: una espiral espesa que se enrosca color marfil en la palma de su mano y luego en la cabeza, los dedos entran. Enrolla su pelo en la punta del cráneo en un chongo, y como dice la botella: deja actuar por tres minutos. Cuelga su calzón de aquel ganchito. Un ritual de intimidad al que nadie nunca entra: historia de madres, abuelas e hijas. Se dispone a lavarlo, el jabón en una mano, la tela en la otra, queda el calzón extendido y empieza a frotar. Sus manos obedecen su mirada, pero de pronto se detienen, las cejas se encuentran ahí en medio con dos arrugas nuevas; los ojos se clavan en la mano que sostiene la tela abierta, ¿qué es esto? Un líquido gelatinoso asoma en el calzón. Un poco de flujo: normal. No, normal es blanquecino, esto qué es, como un silicón espeso. Con dos dedos toca el líquido que no lo es: una resina sin color, amorfa y densa, ¿qué es esto? La sustancia desconocida se adhiere viscosa al dedo y como una hebra de miel se alarga sin romperse, ¿qué es? Su rostro se deforma nauseabundo al separar los dedos, lo ve, y huele, un olor ácido y añejo, rancio; como saliva, pero ¿qué fauces podrían…?

10

Es de noche. Afuera las luces azules y rojas giran como un faro, atraviesan las cortinas y se evidencian en las paredes de adentro. La televisión prendida, manchas y colores; él sigue sentado en el sillón. Voltea: se oye un grito a lo lejos.

octubre

No soñé
anoche no soñé
¿o sí? Recuerdo algo como un sí
pero en mi cabeza siempre es de noche, se siente noche dentro de mí.
La respiración de mi madre calienta mi cráneo en fantasmas que no distingo de un sueño grisáceo
el torso de un hombre que no me abraza
me duerme sin pensar en nadie más que en mí
silencio
me agriso adentro
ennochezco mis propias sombras
me duermo luna roja, despierto frío de
octubre
entíbiame los muslos
me resecas las mejillas, carcomes mi frente con tus ladrillos
neblina
y aún así mantengo el anhelo de dormirme en todas las noches que sean tuyas
octubre
una pesadilla, y otra y una más
el vacío de un abrazo sin nombre y nadie más que despierte
aquí
un hombre sin cuerpo sólo su sombra
mi voz enmedio de la noche y silencio
el mío
es mío
un árbol negro sus ramas contra el cobalto del cielo
me duermo y no sueño
octubre

como un acuario

Había querido escribir sobre el hotel. Sobre el jacuzzi, y cómo dolía salir del agua caliente cuando sonaba el teléfono y una voz decía que las seis horas habían terminado. Cómo dolía el afuera; cómo se nos lastimaba la fantasía al salir al tráfico de la mañana con los ojos todavía llenos del oscuro de la habitación.

Había querido escribir sobre el cuarto. Azul cobalto, iluminado semineón. La cama grande que nunca usamos, en la que jamás dormimos. ¿Por qué no me robé las pantuflas que ofrecían?

Y el ácido. Había querido escribirlo: cómo cortaste el pedacito de papel que me correspondía, mitad y mitad, con tus dedos callosos, más bien tus uñas, cortas, tus pulgares anchos –me gustaban tus manos– para ponerlo callado en mi lengua, mientras me veías a los ojos. Y cuánto tiempo tardó en deshacerse con mi saliva, no lo sé. Quizá más bien me lo tragué.

En qué momento se mezcló el negro con el agua del jacuzzi, tibia, reflejo de medusas, viscosa y tensa. Escurriendo púrpuras de aluminio en las paredes, como insectos, como peces. En qué momento se fundieron con nuestras pieles; nos hicimos agua: los colores de un acuario.

Quién era yo si me veía al espejo, y quién eras tú en esa sonrisa. Quién eras tú en la magia de tus manos: ese vibrador lubricado y la explosión de mi orgasmo, localizando mi clítoris de inmediato. Quién eras tú, irreconocible, bajo el agua y las no luces, defractalizado.

¿Y yo? En dónde quedaba yo, si no en la punta de tu sexo en un oral o en el grosor de tus labios, frescos y húmedos: las ciruelas del refrigerador que alguien más se comió.

En dónde éramos, si no en las olas y sus charcos, en las películas que no entendimos porque estábamos demasiado drogados, en nuestras risas, en los colores del acuario que pintaron nuestras pieles.

Éramos y fuimos en seis horas de un jacuzzi. Y cómo quedaron de arrugados nuestros dedos. Las ciruelas afuera del refrigerador que nadie se comió.

mommy issues

Siempre pensé que era mi padre,
pero Gabriel tenía razón, y más bien debí
haberte matado a ti, mamá.

Tengo casi treinta años
y soy Kafka, mamá,
tú eres mi padre y yo sigo llorando.

Veintinueve años
y todavía
me haces llorar.

Si lo volviera un chiste,
entonces hasta una multiplicación
me detonaría el llanto
en cada restaurante

sobre todo si estás tú, mamá,
pero ¿quién recibiría en esta ocasión
los gritos y regaños,
el mesero o yo?

Un cuchillo,
así de fácil,
y PUM:
Carta a mi madre.

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